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Felix fatum

10-01-2009 |
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por Javier García Gibert
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El estudiante vocacional de Humanidades (Literatura, Filosofía, Historia...) suele combatir su desilusión universitaria y su soledad de rara avis en el mundo con reconfortantes pensamientos de futuro. Imagina que, cuando presente su Tesis Doctoral, el Tribunal que examina su trabajo lo habrá leído cuidadosamente y sus miembros lo comentarán con discernimiento antes de darle el sobresaliente cum laude. Imagina que, cuando ejerza su tarea de profesor, intercambiará con ardor complicidades y juicios con sus compañeros de gremio sobre el saber que ama y que imparte. Imagina que, cuando escriba su primer libro, detectará el interés –e incluso el entusiasmo- del editor que lo publica y compartirá con él las esperanzas y expectativas del mismo. Nada de esto ocurrirá, desde luego, pero es mejor que él no lo sepa, como es mejor que nadie sepa el día y la hora de su muerte. Todo vendrá a su debido tiempo y poco a poco se irá curtiendo en el aprendizaje de la decepción, en aquella bendita sabiduría barroca del desengaño. Su vocación se verá limitada (sin mayores dolores) en el arco y el marco de su exposición pública, pero no en su gozo ni en su intensidad. Cultivará su pasión clandestinamente con cuatro o cinco amigos (si es afortunado) y descubrirá el valor del silencio y la discreción. Comprobará que son otros, y no él, quienes hablan de libros –y los recomiendan- en los foros sociales y las comidas grupales y quienes utilizan los adjetivos “dantesco” o “kafkiano” para explicar contingencias del mundo. Pero él vivirá silenciosa y permanentemente en un sistema clásico y espiritual de referencias (filosóficas, literarias, artísticas) que ha de acompañarle hasta la tumba: la ciudad de Köninsberg y el nombre de Lucilio le remitirán sin falta a Kant y a Séneca; si al azar escucha hablar de Tom Jones o de Ben Johnson, le vendrá a la cabeza la novela de Fielding o el dramaturgo isabelino, no un cantante de los años 70 o un fraudulento velocista de la década siguiente; cuando el Tour de Francia termina una etapa en el Mont Ventoux, se acordará de Petrarca indefectiblemente, y ver a una mujer embarazada leyendo una carta le hará pensar en el holandés Vermeer... Nunca se planteará si es buena o mala esta red de asociaciones y recuerdos con las que teje su visión del mundo. Sólo aceptará sin muchos remilgos que ésta es su manera de estar en él.
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