Quien ha escrito las anteriores líneas,
que pertenece actualmente al equipo de LibroDeOcasion, conoció a
J. Kinovski hace años. Quizás al lector curioso le ayude a completar
el bosquejo -inevitable en el caso que nos ocupa- la rememoración
sucinta de la relación que mantuve con el escritor, en particular
nuestro primer encuentro, pues en ninguna otra ocasión volvimos
a hablar de su obra literaria.
Trabajaba yo entonces en una editorial
pequeña, que ahora no viene a cuento, y aquella mañana me encontraba
en el despacho desde muy temprano. Me despertó Alba, la secretaria (ahora también
nos acompaña en este nuevo señuelo), al abrir bruscamente la puerta
para soltarme a voz en cuello que “un escritor quería verme”. Tras
ella apareció, en efecto, el hombre. Venía con barba de días, desgreñado,
descuidado en el vestir, los zapatos gastados. Portaba una bolsa
de plástico de grandes almacenes repleta, pesada. Se acercó lento,
nos chocamos la mano; extrajo de la bolsa un tomo encuadernado con
cartulina negra, lo posó sobre mi mesa y por fin habló.
-Les traía esto -dijo-, por si les pudiera interesar.
Nos sentamos. Le pregunté qué tipo de escrito era, contestó que novela.
Le pregunté si era la primera que escribía, contestó que era la
primera que había logrado "armar un poco y conservar". Le pregunté
a qué se dedicaba en la vida, me contestó que a sobrevivir.
-Bien -dije, con ánimo de centrar la razón de su visita y mirando fijamente
el tomo que aún no había tocado-: Algo así como sus experiencias,
supongo...
-Naturalmente. De qué otra cosa puedo hablar. Carezco
de casa y, por supuesto, de biblioteca. Hace mucho tiempo que vendí
mis libros. Resultan una carga inútil para sobrevivir. Ahora sólo
leo lo que encuentro por los contenedores.
(Debo advertir desde este punto que, contrariamente a lo que pudiera pensarse
al transcribir nuestras palabras, J. Kinovski habla de forma pausada y posee una
voz agradable).
-¿Me puede resumir la experiencia que intenta reflejar
en la novela, más o menos? -dije.
-No.
-¿No?
-No creo que refleje nada especial... A mí no me lo parece.
-Ya... Entonces, ¿cuál ha sido el impulso que le ha empujado a escribir el libro?...
En otras palabras: ¿qué tiene usted necesidad de comunicar?
-Ninguno. Nada.
-¿Alguna aventura curiosa? ¿Algún personaje?
Dejó escapar sendas muecas. Cogí el tomo dactilografiado y lo abrí.
Leí la primera página: "El año de Coyote, novela por J. Kinovski".
-¿Un año especial?
-No, qué va.
-¿Quién es Coyote?
-De pequeño quise ser como Coyote. Leí todas sus aventuras.
-Ya... Perdone la pregunta, pero esto de "Kinoski"...
-Kinovski -corrigió.
-Esto de Kinovski... Supongo que se trata de
un seudónimo...
-Cuatro letras son de mi apellido y cuatro no. La
jota sí pertenece a mi nombre completamente.
Sonrió apenas. Yo también sonreí apenas.
-Comprendo -dije.
Y me sumergí en el tomo. No leía, sólo dejaba pasar el tiempo mientras cavilaba
cómo sacármelo de encima. Él se dedicaba a escrutar los cuadros, las cortinas, las
baldosas, los muebles, las lámparas del despacho. Y todo ello sin
aparentar prisa ninguna. Pero en aquellas circunstancias, yo sí
la tenía: necesitaba un café doble y acabar de despertar a mi aire,
solo.
-Bien -tercié-. Lo único que puedo decirle de momento sobre
su novela es que va a ser leída por nuestros lectores profesionales
de plantilla (ni siquiera yo pertenecía a ninguna plantilla, pero
siempre soltaba esto) y ellos nos comunicarán su parecer sobre la
viabilidad de su publicación. ¿Quiere pasarse de aquí a dos o tres
meses?
-De acuerdo.
Nos levantamos ambos, nos chocamos la mano -sus largas uñas rascaron
levemente mi palma- y se dirigió hacia la salida.
-Ah, una cosa sí quería decirle -se giró desde la puerta abierta.
-Usted dirá.
-Si quiere, empiece el libro por el final... Es una
idea como otra. Buenos días y gracias por recibirme.
-Buenos días.
Y cerró con suavidad. "Por el final", ja. Otro pesado que se las
da de Cortázar, recuerdo que pensé. No obstante, lo primero que
hice fue dirigirme a la última página. Se trataba de una página
mecanografiada con tipo distinto al de la novela, titulada: "Razones
para no publicar este libro".
Naturalmente, en la editorial seguimos su consejo.
Volví a tratarle en breves encuentros fortuitos por
algunos bares del barrio, y charlamos sobre lo divino y lo humano.
Fuera de mi despacho resultó más comunicativo. Hablaba de su vida,
de la gente, de la sociedad; pero sin concretar, sin particularizar.
Practicaba la paradoja, los sobreentendidos que con frecuencia sólo
entendía él, los juegos de palabras. Se reía a menudo de sus propios
pensamientos, que luego ya no consideraba necesario expresar. Discreto,
no me volvió a preguntar por el paradero de su novela. Luego, cuando
desapareció, continué manteniendo trato esporádico con él, vía correo
ordinario y ahora correo electrónico. Anda por América Central.
No poseo foto alguna suya, y a mi requerimiento ha contestado que
quizás enviará una más adelante. La foto que aparece en esta página
refleja la parte fisionómica que entre mis conocidos he encontrado
más parecida a la suya.
Aviso al lector suspicaz que los textos
que leerá si lo desea nos los envía el mismo J. Kinovski. Pero como
creo conocerle un poco, y sé que no va a ser cumplidor en sus envíos,
de tanto en tanto nos veremos obligados a ir publicando fragmentos
de aquel tomo dactilografiado que abandonó sobre mi mesa una lejana
mañana de primavera, y que todavía conservo. Con el propósito de
no confundir, éstos aparecerán con el antetítulo de "Fragmentos
del original El año de Coyote". Corría 1996; pero a fin de cuentas,
releído el tomo, el año de Coyote bien puede ser el que estamos
viviendo. Lo único chocante puede resultar el medio en que se dará
a conocer. Pero este detalle sin importancia, ni él, ni yo, ni nadie
nos encontrábamos en condiciones de prever.